He pensado en esto que he estado viviendo últimamente: la humanización por parte de mi trabajo. Yo soy profesional de psicología clínica y, de cierta manera, debo estar cercano a mi propia humanidad de forma continua para realizar mi trabajo. Hablo con los demás y los escucho también. Esas tareas o funciones requieren que yo visualice espacios o terrenos subjetivos para los otros. De tal manera, lo contemplo así cuando mantengo una comunicación con los demás. Yo entro en su terreno para entender lo que me quiere decir, y él o ella entran en el mío para que puedan entender lo que quiero decir. Y aunque el lenguaje es por naturaleza equívoco, se hace un constante intento de pisar terreno. Pues considero que el verdadero fracaso es ni siquiera intentar pisar algo más allá del terreno propio.
Pero antes de plantear la propuesta hacia la humanización de un trabajo, quiero poner en evidencia aquello que se puede conocer como la deshumanización del trabajo. Eso que impide que uno pueda pisar el terreno del otro. Tal vez ese factor produce un excesivo gasto de energía y lleva al trabajador a dar menos que lo suficiente, porque lo suficiente es lo máximo que se puede dar. Pero ¿qué es el trabajo? Entiendo por trabajo la plena libertad de expresión junto con el desarrollo y la estimulación de habilidades, ingenio y, sobre todo, creatividad, con el fin de transformar las condiciones materiales de vida.
Entonces, a partir de esta definición veremos que el trabajo se puede desapropiar o deshumanizar. En un pasaje muy discutido de los Manuscritos de 1844, trabajado por Wolff, J., & Leopold, D., Marx identifica cuatro dimensiones del trabajo alienado en la sociedad capitalista contemporánea.
En primer lugar, los productores inmediatos están separados del producto de su trabajo: crean un producto que no poseen ni controlan; es más, que llega a dominarlos. En segundo lugar, los productores inmediatos son separados de su actividad productiva; en particular, se ven obligados a trabajar de forma mental y/o físicamente debilitante. En tercer lugar, los productores inmediatos están separados de otros individuos: las relaciones económicas contemporáneas socializan a los individuos para que vean a los demás como meros medios para sus propios fines particulares. En cuarto y último lugar, los productores inmediatos están separados de su propia naturaleza humana; por ejemplo, las capacidades humanas para la comunidad y para el trabajo libre, consciente y creativo se ven frustradas por las relaciones capitalistas contemporáneas. (P. 9)
De tal manera, apoyándonos en este pasaje, es necesario ser lo más cercano posible a las realidades históricas. ¿Todo trabajo puede humanizar? Es decir, ¿qué pasa con los trabajos que tratan sobre limpiar alcantarillas, recoger basura o sembrar cocaína? Es decir, todo trabajo que tenga, desde una primera perspectiva, connotaciones negativas. ¿Cómo comprobar esa ganancia de dignificación por medio de la estimulación de la creatividad, el ingenio y la habilidad?
Primero, pienso que todo trabajo puede humanizar si se lucha por cumplir las cuatro dimensiones que propone Marx. No obligatoriamente todas, pero si se pudieran cumplir las cuatro, pienso que la última es de soberana importancia. Todo trabajo debe acercarnos a nuestra propia condición humana. Debe acercarnos a la comunidad y para la comunidad. El servir a los demás y servirse de forma consensuada de los demás es lo que nos humaniza, es lo que nos hace sociedad. Los tres primeros puntos, desde una perspectiva individualista, son caminos que nos alejan aún más de la humanización del trabajo. Ahora: ¿qué pasa con esos trabajos peligrosos o moralmente cuestionables?
Pienso que los trabajos que se acercan al peligro son poco humanizantes en cierta medida. Se podría pensar que el motivo por el cual los trabajos tienen sus propios seguros de vida (en el mejor de los casos) es precisamente porque existen trabajos que conllevan una gran inseguridad. Se podría pensar en los trabajadores de construcción de grandes edificios, personas que trabajan con la radiactividad, personas que trabajan pescando en alta mar, personas que trabajan cuidando animales salvajes, policías, militares, etc. Pienso que en estos casos, el incumplimiento de la tercera dimensión del trabajo según Marx —en la cual se trata al trabajador como mero medio para un fin absolutamente productivo— es lo que deshumaniza. Arriesgar la vida en un trabajo requiere de garantías, garantías de que uno no es solamente una herramienta para cumplir un objetivo determinado. Esto produce una separación del trabajador con su trabajo a nivel de inseguridad y de falta de respaldo.
Por otro lado, están los trabajos moralmente cuestionables. Antes que nada: ¿podríamos llamar trabajo a todo acto que destruye el colectivismo y el bienestar de las personas? ¿A qué exactamente llamamos trabajos moralmente cuestionables? Bueno, si pensamos en la producción de cerveza: el alcohol y su uso excesivo denotan un mal para el ser humano. ¿Se debería negar su consumo? Ante las prohibiciones y leyes secas que ha habido para extinguir su consumo, después de todo, el beber alcohol forma parte de la cultura de las civilizaciones y acompaña, además, en las excepciones a la norma rutinaria, como son las fiestas. Ya Freud mencionaba algo parecido. Sin embargo, las personas que crearon el alcohol jamás pensaron en sus consecuencias. ¿Podríamos pensar lo mismo de la cocaína? ¿Será que solamente es trabajo honesto aquello que se puede controlar dentro de las normas del colectivo? Puede ser este el camino. El peligro de la cocaína, como cualquier sustancia adictiva, es que causa neurodependencia: cada vez se necesita más de la sustancia para saciar el consumo. Ahora, si nos referimos al sicariato, que es un asesinato por encargo: ¿qué sucede cuando a quien asesinan es una persona que solo por su existencia y su poder perverso ha causado tanto daño a los demás? Se sabe que en algunos países existe la pena de muerte, pero es una muerte consensuada —excepto por el sentenciado, claro está—. Lo que se intenta decir es que el trabajo moralmente cuestionable es eso: cuestionable. No existe una respuesta fija, porque incluso el mejor asesino puede ponerse creativo al crear armas que maten de forma más eficaz y creativa a sus enemigos. El trabajo debe estar constantemente custodiado por la ética; los límites de un trabajo se verán fijados en qué tanto bien o mal hacen a una comunidad, y en prever sus consecuencias lo más pronto posible.
Por último, quiero enlazar estrictamente la noción de dispositivo con el planteamiento de la institución y su influencia en el trabajo. Es decir, Foucault establece de manera sobresaliente esta categorización relativa del dispositivo, en donde se halla la institución como un ente que traza líneas de poder en las que se juegan y se originan normas, leyes, objetivos y subjetividades. Es, de cierta forma, importante el momento y la forma en que el autor francés intenta entender —y por lo tanto encerrar— lo que de por sí concentra tantas relaciones de poder.
Y precisamente eso es lo importante del por qué pienso que es necesario entender el trabajo desde una visión del dispositivo. El trabajo ya lo he definido, al menos desde aquí, como una oportunidad de acrecentar las habilidades, el ingenio y la creatividad con el propósito de cambiar las condiciones materiales propias y las de los demás. Sin embargo, esta posibilidad se ve notablemente mermada por la institución. Pues cuando pensamos en la institución o entramos en una institución, nos vemos preocupantemente intimidados ante su presencia, ya sea objetiva y concreta o subjetiva y simbólica.
La institución juega un rol importante en la extensión del trabajo porque es donde se juega el terreno de un desplazamiento de actividades que serán vistas, reconocidas y, sobre todo, proyectadas en un alcance enorme hacia la comunidad. Es decir, el trabajo de uno llegará más rápido y de forma más estratégica, mucho más eficiente para la comunidad, que trabajar solo. Esta forma de alcance es lo que pienso que crea una representación omnipotente en los trabajadores. Pues ser parte de algo más grande que uno mismo y aportar en aquello es lo que complementa a la dignidad ya establecida de lo que produce el trabajo.
De tal manera, pienso que la institución ha generado una inversión de este pensamiento que propongo. Actualmente, el trabajo no es lo importante, sino la representación que ofrece la institución. El punto de partida del trabajador no es el trabajo mismo, sino la institución. ¿Y cómo se puede entrever esto de mejor manera? Cuando Foucault introduce el dispositivo como una especie de formación que tuvo por función mayor responder a una emergencia en un determinado momento. El dispositivo tiene pues una función estratégica dominante. El dispositivo está siempre inscrito en un juego de poder. ¿Qué quiere decir esto?
El trabajo no es un dispositivo; la institución lo es. El dispositivo deviene de una emergencia adaptativa que sirve a la naturalidad de la condición humana, que sería precisamente el trabajo. La institución complementa al trabajo, mas no lo subordina. Jamás. Sin embargo, con lo que propone Foucault con los dispositivos y, por lo tanto, con la institución, es que esta siempre está inscrita en una dinámica de poder. La emergencia de su necesidad es el poder. El beneficio de su organización y normas le da poder. El alcance a la comunidad le da poder, pero no le da poder sobre el trabajo, porque cuando es así, entonces se tergiversa la definición del trabajo a una explotación en bienestar de la institución. ¿El fin justifica los medios? No, cuando se entiende la relevancia del medio para con su fin.
Finalmente, el trabajo goza de independencia: debe hacerse con la máxima libertad para su creatividad y, al mismo tiempo, ser custodiado de manera continua por la ética. Observar el dispositivo como referente nos dice que el trabajo corre constante peligro de ser alienado para intereses propios. El trabajo que humaniza debe desenredarse del individualismo y debe ser pensado para el beneficio de otros seres humanos que, en consonancia, nos ubican en una posición humanizante, haciendo crecer las mejores dimensiones colectivas de cada persona.
Bibliografía
Wolff, J., & Leopold, D. (2021). Karl Marx (M. B. Ruzzarin, trad., con DeepL). Stanford Encyclopedia of Philosophy. Material del curso General Philosophy – Introductory, Ciclo 2. Ethics. (Trabajo original publicado en fecha no especificada)




