Lo que se puede pensar de la cobardía como actitud que hace que las personas -desde las perspectivas del otro- huyan de los acontecimientos que los rebasan o que los sobrepasan, es debilidad. Pero de cierta manera habría que tener en cuenta qué tipo de acontecimientos hace que se alce en nosotros alguna cobardía que imposibilite nuestro camino a acciones más “heroicas”. Pensar en darle un sentido más digno a la cobardía no es descabellado en sí, porque pienso que hay batallas que se ganan huyendo o tal vez no peleando con le fin de hacer frente a algo mucho mas grande que uno mismo.
Pienso ahondar en el sentido de la cobardía, pues la misma sí sirve. En un punto hay que reconocerse cobarde porque es necesario admitir que no se puede con todo, que no es necesario poder con todo. ¿Por qué? Porque precisamente hay trabajos que se hacen de diferentes modos al tradicional “todo lo tengo que poder”. Lo que se entiende como contrario a la cobardía es aquello o aquel que todo lo puede en todo momento y en situaciones que tal vez pocos podrían. Entonces, la cobardía como la huida en momentos importantes la pienso, más que nada, en términos de la importancia de lo genuino para uno mismo. La reunión con lo singular de cada quién.
Es necesario pensar en la cobardía como aquella huida de momentos importantes, tal vez como eso que necesita ser huido, necesita ser pensado, necesita ser temido. Por lo tanto, me gustaría visualizar a la cobardía como aquel intento de regreso al yo ideal. Es decir, en el psicoanálisis, para la constitución narcisista del sujeto se plantea el ideal del yo y el yo ideal. Brevemente se entiende que el ideal del yo es en algún punto reglado por las exigencias de la ley, o sea que es simbólico, a diferencia del yo ideal, que es imaginario. Así mismo, que el yo ideal sea imaginario implica la relevancia del yo libidinal. El sujeto se auto constituye por medio de la apropiación de los otros exteriores y nada más; no hay simbolismo como intermediario. Lo curioso es que el ideal del yo es el lugar desde donde se es mirado y desde donde se dice qué y cómo debe ser para alcanzar la perfección. ¿Qué tiene que ver esto con la cobardía y el heroísmo?
Bueno, quiero partir de aquí, avivar luces y sentidos de la posición que nos da la cobardía en la protección del propio sujeto. Pues pienso en la cobardía como la contraparte del héroe. ¿Para qué ser héroe? El heroísmo es un accidente después de todo; los otros te ponen ahí. Es un ideal construido por las miradas y las voces de los demás, ya sea por las capacidades, los valores, las actitudes que determinan quién y cómo puede ser un héroe. Por lo general se piensa que se es un héroe por decisión propia, y no siempre es así. El héroe es una exigencia social y, como toda exigencia social, entorpece el propio deseo. De alguna manera intento sacar a relucir lo injusto del heroísmo por medio de la virtud de la cobardía. Ya que es mejor ser un cobarde honesto: el héroe como exigencia social retiene, el cobarde virtuoso libera; el héroe como exigencia social no dice, el cobarde virtuoso dice. El héroe como exigencia social no quiere quedar mal por el ideal, el cobarde virtuoso no le importa. ¿Y todo para qué? Porque el cobarde virtuoso quiere vivir -causado por su yo libidinal- quiere seguir moviéndose, busca posibilidades, segundas y terceras oportunidades, hasta que le llegue la tragedia de ser elegido como héroe.
Sin embargo, aunque se desenmascara al heroísmo como un tipo de coerción social disfrazada de esperanza y todo lo bueno del sacrificio, pienso que puede haber personas que sí acojan el heroísmo como un deseo propio. Pero es necesario mencionar que, después de todo, es un constante volver al yo ideal, es decir, al yo libidinal.
A propósito de esto, Kait Gracela en 1996 menciona en su texto Sujeto y Fantasma: Una Introducción a su estructura lo siguiente:
«Ustedes recordarán que en el texto de Introducción del narcisismo Freud recorre el camino que va desde el autoerotismo hasta la constitución del ideal del yo, pasando por el yo ideal. Abandonado éste último, se lo intenta recuperar bajo la forma del ideal del yo; recuperala perfección del yo ideal cumpliendo con las exigencias del ideal». (p. 48)
Lo interesante de lo que se menciona es la incidencia del ideal. Pareciera que aquella persona que puede ser un héroe por deseo dicernido mantiene un pacto honesto y llevadero con el ideal. De tal manera que las decepciones y los sufrimientos por expectativas están a la orden del día. Pero, ¿cómo uno puede llevarse bien con el ideal si la intención del mismo es decepcionarte por naturaleza? Puede ser que la misma decepción sea parte del motor que mueve a este héreo. Es decir, poder permanecer entre el ideal y la decepción. La vida misma es así. Engañarse pero saber que te estás engañando. No intento decir que no se espere nada de nada o de nadie. Somos seres de ideales, pero será importante cargar con los afectos que implica recibir lo que no esperábamos recibir.
Ahora, volviendo a la cobardía y su virtuosa presencia: el héroe no se puede reconocer héroe si alguna vez no fue cobarde. Si alguna vez no abrazó la virtud de la cobardía. El reconocer lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer es un gran paso para realizar grandes hazañas. Y esta misma posibilidad te la da la posición de no saber y de no hacer. Insistir en ser un héroe autonombrado es mucho más peligroso que ser un héroe nombrado por los demás. Pues al menos los demás pueden señalar tus temores. El héroe autonombrado no los reconoce.
Como útlima idea pienso que la cobardía cumple el propósito de retirada. Ayuda a pensar, a planificar y da la oportunidad de la autocrítica, disminuyendo así los daños a sí mismo y a los demás. No hay nada de debilidad ahí. Hay sabiduría en el acto. Pienso que a medida que avanza el tiempo y la época, es cada vez más difícil reconocerse cobarde por la excesiva demanda de solucionadores.
Bibliografía:
Kait, G. (1996). Sujeto y Fantasma: Una introducción a su estrucutura. Argentina. Editorial Fundación Ross




