Otra vez por acá. Voy aprendiendo que la vida es corta cuando de escribir se trata y, bueno, esto que ha nacido de mí nuevamente me interpela, me asalta y me hace dudar. La vida adulta es una cueva de la quiero salir y pensarla diferente una vez estando afuera porque, aunque piense que la podría estar viviendo, ¿qué tanto la vivo? ¿Cómo se la vive? Me parece interesante poder pensar sobre aquello, pues ocurre con frecuencia que no sé sobre qué estoy parado cuando estoy pisando algo o a alguien.
La vida adulta es una etapa curiosa que podría pensarse como una diferencia «seria» de las demás etapas. La niñez, donde la curiosidad es hegemónica; la adolescencia, donde la búsqueda de la originalidad sucumbe ante los impulsos rebeldes del acto; y la adultez mayor, la cual, pienso yo, se caracteriza por la transmisión, la exposición de la narrativa. La adultez «joven» podríamos pensarla como aquella donde se busca proteger y prosperar. Sin embargo, prosperar en la vida adulta ¿significará la búsqueda de la meta, la finalización y realización de los sueños, la superación de un obstáculo tras otro para conseguir la felicidad final? Pareciera que no existiría otro momento como el que se está viviendo, y en parte sí hay razón. La adultez tal vez sea el último gozo de las máximas capacidades corporales y, tal vez, cognitivas. Donde las relaciones interpersonales brillan con reciprocidad porque hay tanto para dar como para recibir. Pareciera que, de manera velada, hubiera una exigencia de capacitismo. Ese «yo soy capaz», ¿cómo?
No estaría del todo alejado pensar que el hecho de que alguien pueda hacer alguna actividad de forma excepcional y tenga la capacidad o capacidades pulidas, despierte el interés de quienes lo observan. Si la vida del adulto se entreteje entre el proteger y prosperar, pareciera que el hilo que convoca la protección pierde su tensión, dando paso a la prosperidad como predominante. Esta última despierta la atención de los demás; por lo tanto, el hombre y la mujer encuentran ahí motivación individual, un gran capital de narcisismo. El interés que provoca la prosperidad es causa de más prosperidad. Pero ¿qué significa prosperar?
La Real Academia de la Lengua nos brinda al menos dos definiciones de lo que significa prosperar: 1. Mejorar económicamente. 2. Dicho de una idea o de un proyecto. Aparentemente, la primera definición no tiene nada que ver con la segunda. Sin embargo, podemos tal vez crear un concepto o idea en donde coincidan. La cuestión es la siguiente: se puede mejorar económicamente mediante el trabajo. El trabajo se lo puede abordar como un conjunto de miniproyectos o miniplanificaciones diarias de lo que se debe hacer día a día. Incluso robar dinero para mejorar de forma económica requiere de algún tipo de función ejecutiva, como la organización o la planificación. También podríamos pensar que la idea de un proyecto, o la iniciativa del mismo, tiene como fin la solución de algún problema personal o colectivo en donde el resultado puede ser algún tipo de reconocimiento: felicitaciones, regalos, dinero, etc. Por lo tanto, según estas ideas, las dos definiciones sí tienen puntos de encuentro. Prosperar es la obtención de algún tipo de reconocimiento social o material por la realización de la idea, iniciativa o término de un proyecto. Es muy loable esta interpretación, pero también puede pecar de superficial. Seguimos. Como se planteaba en anteriores escritos, el exceso de capital narcisista obtenido de la dinámica del ideal del yo —el cual busca ser mirado por el otro— producirá entorpecimiento en la idea de la prosperidad.
Por lo tanto, si prosperar es la mejora y la obtención de algún tipo de reconocimiento social y material por la realización de la idea, iniciativa o término de un proyecto, deberíamos preguntarnos cuál es el propósito de realizar un proyecto, a qué bien sirve, si su meta es, después de todo, el solo reconocimiento individual o si también existe un beneficio colectivo. Después de todo, es acertado pensar que la idea de mejorar económicamente y la de realizar un proyecto no es posible sin interactuar con otras personas. Incluso, la planificación de un proyecto debe basarse en los movimientos que hacen otros grupos de personas. De tal manera que es posible pensar que la planificación individual también puede beneficiar a otros individuos.
Pero aquí es necesario proponer la siguiente idea: la prosperidad se la entiende y se la vive actualmente desde una posición de univocidad, mas no de bi-univocidad. En la primera, el individuo prospera por medio de los otros; en la segunda, el individuo prospera con los otros. El interés de las personas se maneja en la medida de cómo pueden prosperar haciendo de los otros sus propios medios. El interés encuentra su hegemonía como concepto utilitarista por medio de un entendimiento excesivamente individualizado de la prosperidad. Las personas quieren conseguir un trabajo estable, estabilidad económica, saborear el matrimonio, pero siempre por encima de los demás. Ese es el adulto que camina hoy en esta época.
Lo interesante de la idea actual del interés adulto es que lo individual ha adquirido una prioridad que habría que observar y analizar. Lo individual, como dimensión en acción, radica en una importancia solitaria del yo. El adulto busca prosperar por medio de otros, razón que provoca visualizarlos como meros recursos, lo cual induce en sí un aislamiento de sí mismo. El vínculo requiere acción dual; sin embargo, en la búsqueda del interés egoísta, esta posibilidad de acercamiento se pierde. Ahora sería adecuado preguntar: ¿por qué se prefiere así?
La preferencia de una hegemonía o superioridad absoluta de la individualidad se observa en su causa como aquella que no quiere ser dañada, abortada o desidealizada. Las personas no quieren sufrir, y lo curioso es que una de las características del vínculo es el sufrimiento. No puede existir el vínculo sin sufrimiento, o tal vez conflicto, o una pizca de diferencia. Se podría afirmar, incluso, que es una certeza que exista el desacuerdo en las relaciones entre las personas. Por lo tanto, la individualidad sin el otro es garantía de falta de incomodidades, pero al mismo tiempo, garantía de soledad. Entonces, ¿se prefiere la soledad?
No exactamente. La soledad, la verdadera soledad, es ciertamente la ausencia del Otro, pero no del otro. El otro, en este contexto, podríamos decir que es la persona física, es ese otro que habla, que dice, que enuncia. Es el otro con minúscula. Por otro lado, el Otro con mayúscula es lo que el otro —con minúscula— ha dejado en uno. Es la huella, es la inscripción —por así decirlo— individualizada y apropiada de lo que el otro nos ofrece: principios, moral, experiencias, vivencias gratas y no gratas. Un tesoro de significantes. Entonces, que no exista ese Otro en nosotros es la experiencia de la verdadera soledad. Ahora pareciera que, de acuerdo a como se lo ha explicado anteriormente, el ser humano intenta evitar sentirse solo, pero sin pasar por el sufrimiento acrisolante que trae convivir con los demás. En lo actual, las relaciones interpersonales tienen como axioma o como pregunta base: «¿Qué tanto me puedes servir tú a mí?».
Para esto, creo que es importante indicar que la época influye en las oportunidades que brinda el acercamiento hacia los demás o su alejamiento. Es importante que nos interese la época porque no solamente el ser consciente crea, cambia y estimula el ser social, sino que también el ser social crea, cambia y estimula el ser consciente, y es menester analizar en qué época se encuentra el ser social que provoca y conmueve al ser consciente.
El adulto joven y su condición —mas no naturaleza— lo hace preexistir como alguien en búsqueda exclusiva de poder. La época propone una condición de adultos jóvenes que pervierten el concepto de prosperidad hacia un sentido intrínsecamente egoísta. Incluso, alejado totalmente de la ética del egoísmo, impulsa a estos adultos como apropiadores ilimitados que están guiados por un esfuerzo de maximizar las ganancias personales y minimizar el sufrimiento personal a expensas de los demás, que persiguen el poder y la gloria como los fines últimos y el dinero como el medio para acceder a esos fines. La época que lo permite tiene como nombre capitalismo, o mejor dicho, postcapitalismo, pues las oportunidades que ofrecía se están desvaneciendo por la caída inevitable del modelo. Ya no es sostenible y, por lo tanto, las fuentes de poder para los adultos jóvenes se acaban. La lucha, en los últimos minutos, es más salvaje.
De tal manera que esta época tiene como característica el pensamiento mágico inducido por la búsqueda de la libertad. Y si esto responde a la total voluntad de la toma de las propias decisiones, solamente encontrarán fracaso en su búsqueda. Franco Berardi, en 2016, expone que el pensamiento liberal considera las relaciones sociales como una interacción entre individuos cuya existencia ya se da por hecho (p. 72). Por lo tanto, en la actualidad las personas esperan que sus vínculos con los otros ya estén construidos, que el adulto ya sea adulto y que tenga una madurez emocional «aceptable» en lo que refiere a la relación interpersonal que comienza. Con todo, es necesario aclarar que las relaciones son modelos sistémicos constructivos sin profundizar en el hecho de que poseen sus propias singularidades. Entonces, el modelo «preexistente liberal» no forma verdaderos vínculos, solamente ideales vacíos y gélidas individualidades.
El individuo está perdiendo la capacidad de sensibilidad porque está encerrado en una esfera de condiciones materiales que se representan en tecnologías y jerarquizaciones semióticas que pervierten las definiciones de prosperidad. Solo actos revolucionarios podrían hacer salir de la circularidad egoísta que trama el adulto joven actualmente. Replantearnos conceptos como la competencia, los proyectos, el interés, la comunidad, el devenir para y con el otro. Estar alejados del otro y del Otro produce pérdida de la capacidad de detectar significados, enunciados no verbales, insinuaciones y situaciones existenciales.
Ya no somos animales poéticos, sino solo animales. ¿sobre – productivos?
Bibliografía
Berardi, (F). 2016. Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja Negra
Real Academia Española. (s.f.). Prosperidad. En Diccionario de la lengua española. Recuperado el 14 de febrero de 2026, de https://dle.rae.es/prosperidad




