Esta pregunta ha estado invadiendo mi cabeza por un tiempo. Pensar si alguien es más importante que uno mismo me dirige inmediatamente a las dinámicas de las relaciones interpersonales. Tú y yo, él y tú, yo y tú, tú y él; son varias de las combinaciones que nacen de causalidades contingentes. Profundizar en ellas acarrea un sinnúmero de resultados y efectos que llegan a ser difícil de contextualizar. El yo, trasmutado en varios pronombres, es producto de construcciones y deconstrucciones en donde asoman, sin falta, el dolor y el resentimiento, pero también la alegría y la plenitud. Pero, ¿qué es el yo en la actualidad?
Pienso que el yo está muy sobrevalorado. Sin embargo, no significa que sea necesario desmerecer su importancia. En la época que transcurre, privilegiar el yo es necesario para vivir y sobrevivir. Tener en cuenta su presencia en la propia subjetividad es necesario para construir un lugar de carácter metafísico que despliegue la complejidad de las identidades. Esto significa que navegar en el yo es mucho más difícil que solo decir “pienso, luego existo”.
Este último aforismo, perteneciente a Descartes, plantea como predominante la condición yóica del sujeto. Es decir, solo en el pensar, en el asociar y razonar, se halla la verdadera existencia. Pero el yo es mucho más complejo que solo pensar. Se podría contraargumentar dicho aforismo con la premisa de que, al no pensar, no existimos. No es necesario profundizar tanto en el origen del yo con Descartes, pero sí es importante trazar un camino que conecte con un no-yo. Porque, si existiera alguien más importante que el yo, ese sería precisamente el no-yo: la negación del yo.
Actualmente, hay mucho yo. Incluso se escuchan por ahí frases como: “primero yo, segundo yo y tercero yo”. Son frases necesarias para recordar el cuidado propio que debe existir en cada persona. Y es necesario cuidar del yo porque, si no se cuida de ese yo, no se podría cuidar de forma ad hoc a otros yoes. Pero, ¿siempre debe ser así? Claro que no. Hay que pensar en los demás. Sin embargo, parece que existen manuales para trazar límites exitosos relacionados con la salud mental para así poder pensar en el otro sin dejar al yo a un lado. Es decir: “me salvo yo para salvarte a ti”. Curiosamente, no siempre ocurre así. Por más que existan estrategias positivistas como la escucha atenta o la comunicación asertiva, pareciera que el fracaso es inevitable en su sostenimiento continuo.
Existen personas que, con su sola existencia, impiden cuidar del yo porque exigen mucho más de nuestra presencia; por ejemplo, la pareja sentimental. En una relación de noviazgo, se quiebra el argumento de cuidarse a uno mismo para poder cuidar al otro de forma continua. Lo interesante aquí es lo temporal, pues las personas quieren cuidar su yo todo el tiempo, quieren verse bien ante el otro frecuentemente, si no siempre. Pareciera que el no-yo no existe aquí y que las estrategias positivistas de salud mental se vuelven una especie de mandamientos religiosos que hay que seguir. Cabría preguntarse: ¿acaso cuidarse a sí mismo de forma tan “genuina” es, después de todo, para darse o para acumularse?
Para responder esta pregunta, se tomará como ejemplo a las parejas TIL (juntos en la vida). Son un tipo de parejas comprometidas que viven en casas diferentes. Pareciera que la urgencia de no verse afectado en el yo es muy alta. Por lo tanto, este modelo de relación se enfoca en la independencia y puede reducir tensiones cotidianas al no compartir la vida diaria, sin que esto implique falta de intimidad o compromiso. Así, lo que se busca es no incomodarse, no pasarla mal y no sufrir. Pero, después de todo, el conflicto siempre estará ahí, pues no se puede dejar totalmente el yo para conocer otros yoes porque, ¿quién sería yo? Hay que ir y volver, pero en ese ir y volver siempre habrá conflictos, desacuerdos y desequilibrios. Pareciera que las parejas TIL buscan zafarse de aquello, buscan zafarse del ejercicio del amor. La posibilidad de la verdad, el amor y la vida están en el eterno desencuentro con el otro.
Siendo así, lo que estas nuevas dinámicas buscan es proteger de manera apasionada el yo; no quieren darlo, lo quieren acumular a la espera de la llegada fantasiosa de quien sí lo merezca, alguien mejor que el yo. La paradoja es que, para este tipo de personas fijadas en el narcisismo, no existe un yo mejor que el suyo. El yo ideal es hegemónico en este punto.
También es necesario pensar si lo anteriormente explicado podría dar luces sobre por qué los jóvenes adultos actualmente no quieren tener hijos. Las premisas para permitirse tener hijos son sumamente densas: el dinero, la seguridad, la estabilidad emocional, las redes de apoyo familiar, la cultura, la sociedad y todo lo que podría brindar un cuidado integral. Sin embargo, se podría pensar que las mismas personas que siempre esperan algo mejor en realidad se mienten al criticar su entorno y simplemente no logran aceptar que no existe alguien más importante que su yo. Incluso en las parejas con dinámicas comunes, aunque practiquen el ejercicio del amor, la vida con un bebé exige la mayor calidad de presencia que se le pueda dar. Un bebé rompe constantemente la lógica de “me cuido para cuidarte” porque necesita ser atendido de manera frecuente, al menos durante los primeros años.
Aunque la presencia de los cuidadores debe mermarse con el tiempo, en un inicio es fundamental; es un acto de amor, el único que un bebé puede palpar en sus primeros años de vida. Dicho esto, la hegemonía del yo ideal encuentra su verdadero obstáculo.
Lo interesante de la idea de tener hijos es que comúnmente se cree que se tienen por amor, pero no es así. Esto lo aclara Lía Rincón en su texto Adultos mayores en transformación: no somos viejos, tenemos muchos años, cuando expone que no se tienen por amor, sino por narcisismo, ansias de posesión […] y exigencias del imaginario social que prioriza a la familia, etc. (p. 87). Es decir, la idea de tener hijos responde a la misma pregunta inicial: ¿quiero tener hijos? Sí. ¿Por qué? Porque YO quiero. Lo demás es imaginario. No se puede amar lo que no se conoce, pues todo vínculo es una construcción y, aunque un hijo no nace solo de un parto, sino de la idea de tenerlo, ese hijo o hija puede ser cualquier sujeto. Lo que se estaría amando es la idea de tener un hijx, es decir, a mi Yo teniendo un hijx.
Por lo tanto, esto complejiza mucho más la idea de tener bebés. El yo se encuentra necesariamente con la oportunidad clara y concisa de ser un otro para un yo, dejando de ser solamente un yo. Se propone como oportunidad y no como obligación, ya que, después de todo, no siempre se elige criar a los bebés. A algunos les es indiferente, otros huyen mediante sus parejas y trabajos, y otros sí eligen hacerse cargo. Las formas de cuidado no se discutirán aquí por ahora. Sin embargo, es menester saber que la existencia de los hijos representa el modelo premium, por así decirlo, del no-yo.
Finalmente, contestar la pregunta de si alguien es más importante que el yo ya no es tan difícil. Sí, existen personas más importantes que el yo, pero lo son en la medida en que lo construyen. No lo son todas las personas que se conocen; es por tiempos y espacios que el yo se convierte en un no-yo. Si fuera siempre, no habría realmente un yo. La dinámica reside en ser y no ser para volver a ser nuevamente. Simplemente ser y nada más no produce nada: no produce vínculos, ni vivencias, ni vida. Solo falsa perfección.
Bibliografía
Bègue, A.(2024). Adultos Mayores en transformación. No somos viejos, tenemos muchos años. Editorial Milena Caserola.




